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El lugar donde nací

 

El lugar donde nací huele a bodega y mosto cuando por la puerta entra el frescor del otoño, y sus habitantes se vuelcan en la recogida del fruto que a lo largo del año trabajaron. Cuando las calles quedan desiertas y solo un par de tiendas de alimentación abiertas.

Huele al humo de tractores que van y vienen del campo a descargar la uva.

A gente forastera que ocupan casas deshabitadas, y recibirán miradas desconfiadas.

 

El lugar donde nací, huele a matanza, a humo de sarmientos y cepas que queman en las glorias de las casas cuando asoma el frío invierno. A sangre de gorrino y cebolla cocida que las mujeres mezclan en grandes tinajas de barro, y que serán el relleno de kilos de tripas de cordero.

A amaneceres helados de recogida de aceituna.

 

El lugar donde nací, huele a los campos verdes, amarillos y naranjas de la Mancha en primavera. A amapolas, camisillas y margaritas, esas que de pequeños cogíamos para hacer ramos grandes y coloridos y ofrecer en los colegios a una virgen colocada en altares improvisados.

Huele a polvo, sudor y alcohol en las romerías de San Isidro y la Palomarilla.

 

El lugar donde nací huele al calor seco e insoportable que corta la respiración en los días de verano, con siestas a regañadientes que nunca quería y que por fin hacía a golpe de zapatilla.

 

A un parque lleno de rosales con rosas blancas, rojas y amarillas, en un banco de granito blanco que hicimos nuestro y en el que de adolescentes encendimos nuestro primer cigarrillo, bebimos la primera cerveza, y desde el que veíamos pasar las horas entre amigos.

 

Porque eso es lo que hacen los adolescentes en verano, ver pasar las horas. ver pasar el tiempo. Esperar.

Esperar a que se acerque el chico que te gusta, esperar a elegir una carrera que estudiar, esperar un trabajo, un futuro mejor. O simplemente, un futuro.

 

El lugar donde nací huele a pólvora en víspera de Feria, a albahaca y velas en la procesión de un Cristo que es muy nuestro, el de la Salud. A naftalina en las rebecas de entretiempo que salen una vez al año del armario, para cubrir los hombros de un frescor que anuncia el fin del verano.

 

Y ese lugar, empequeñece con el paso de los años, y las calles que de pequeña se me antojaban largas y anchas, cuando jugaba a descubrir mi pueblo alejándome cada día un poco más de mi casa, se acortan y estrechan. Sus plazas y parques encogen, sus iglesias menguan.

 

El lugar donde nací huele a recuerdo. A sueños y esperanza.

 

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